Único


No existen razones para convencerte. No pretendo nada. Cada día me doy cuenta de que pretender se aleja del Ser: puro, calmado.

La presión de ser único genera estrés. Es una idea inventada para adquirir algo que sentimos nos falta.

Los deseos nos generan frustraciones. Deseo amor, ser escuchado, una casa grande, un territorio, un país, un continente, gobernar el mundo, etc., etc., etc. Todos, absolutamente todos, provienen del apego, de nuestros miedos y de sentirnos incompletos.

Hay en el fondo de cada uno de nosotros una emoción impura, carente y disfuncional. Y hay muy en el fondo una culpa inconsciente que nos hace creernos malos, muy malos, y que debemos esconder toda esa maldad donde nadie la descubra.

Es por eso que la construcción de la imagen de “ser especiales” nos enfoca a demostrar que somos bellos, increíbles, inteligentes, altruistas, no pobres y viajeros a lugares acorde a nuestra proyección.

Ya sabemos, porque lo sabemos bien: nuestra maldad no es real, nuestra imagen tampoco, nuestra carencia menos, y nuestras ambiciones, también lo sabemos, nos hacen infelices.

La clave de la felicidad es no desear nada. ¿Pero cómo le decimos a una sociedad anclada en el DESEO que el no ansiar puede librarla del sufrimiento? Lo más importante debajo de nuestras irrealidades es que nuestros pequeños anhelos son juguetes que nos permiten divertirnos, solo juguetes, y adquieren un tono real y desmesurado cuando nos va la vida en ellos. Tendemos a cambiar la verdad por lo ilusorio, la paz por el conflicto.

Por eso, cuando empecé a reflexionar sobre el concepto de “único”, a través de este blog para “Ser Casasandra”, pensé: ¿cómo voy a decirles a la familia, a los huéspedes, que vengan a nuestra Casa porque es “única”; que compren una habitación porque somos “los mejores” de Holbox, del mundo, de México; que vengan aquí ya que somos “geniales”? Me recuerda a la serpiente de Adán y Eva: la tentación, el anzuelo para la trampa.

Si algo puede ser innegable de este proyecto, en una isla bendecida, es que la mayoría de las cosas en las que nos integramos nacen de la inspiración y, a veces, cuando el “ego Sandra” se pierde en el laberíntico deseo de ser especial a través de Casasandra, paso largos momentos observando cómo estas ganas son demenciales.

La inspiración nos permite crecer en un equipo inspirado y apoyar a quienes, de alguna forma, buscan un sitio en la calma para hallar aquella voz propia, dormida bajo las capas y capas del estrés, la ansiedad y los miedos.

Cuando empecé con esta residencia hotelera me decidí a recrear aquella vida que durante quince años estuvo hospedada en todas partes del mundo, restaurantes y aviones.

Apoyaba a una banda de músicos poéticos encabezada por Pablo Milanés: una especie de enciclopedia de la música y la poesía de Cuba, una incubadora del latir de una generación que, junto a los Beatles, Serrat, Violeta Parra, Simon and Garfunkel, entre muchos otros, decidieron cambiar la melancolía insólita de los boleros apelmazados del abrazo y la utopía del amor, a una vocación más poética y contestataria, tanto que aquello que impugnaban no estaba del todo claro.

De esa efervescencia nacieron los sonidos que aún lideran el camino de la música actual. La poesía de los sesenta, el mundo poético de esa época, fue tan potente que los humanos se polarizaron entre guerras absurdas y versos evocadores para calmar el ansia de matar. Aunque ya sabemos: la única guerra santa es la paz. Ninguna resistencia trae sosiego.

El mundo del hotel entró a mi célula poco a poco. En algunos a los que llegaba en reiteradas ocasiones, año tras año, empezaron a ser parte de mi ámbito natural los olores, el tacto, los sonidos, el ritmo del personal, los habitantes asiduos de los mismos. Toreros, artistas, actores, escritores, disidentes, políticos, arquitectos, banqueros, camaristas, camareros, etc., nos encontrábamos en los elevadores que olían al humo de la sopa de pescado del Hotel Reina Victoria, por ejemplo, de la plaza Santa Ana en Madrid, entre otros muchos.

Mi vida en hoteles comenzó en el año 89. Y, por una especie de guion divino, continúa siendo un camino iluminado en el cual habito.

Había algo que frecuentemente le faltaba a los espacios visitados, algo sutil y sublime, que indicase: casa de reposo. Alma. Luz. Belleza. Cuidado del ser. Algo que estuviera hecho a mano, palmo a palmo, sin mirar atrás, como bordar una túnica india, memorizando mantras que abrigasen el mundo de Yucatán, en donde hallé un día mi pan y mi Tibet, después de soltar la banda, los hoteles, las giras, el marido y el país; y sin zapatos, me dispuse con un orquesta de constructores mayas a crear eso que sentía podía extenderse a través de mí como misión, hallar en el amor de todos un espacio para expandirlo. El espíritu crea. Así surgió, no más, sin entender nada, solo creando, nació este hogar.

Somos todos.