Despiertos


Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños

Williams Shakespeare

Una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos los humanos es ¿Quién soy yo?
El dilema universal inherente, la consulta redundante oculta en cada acción: el anhelo por ir a la Luna, entender el fondo del universo, los agujeros negros, el cerebro, la psiquis, la naturaleza…

Pasamos nuestra vida intentando comprender eso y, como casi es imposible, sentimos miedo; pues la idea de algo incontrolable e impredecible nos deposita una gran ansiedad. Es quizá, esa ansiedad lo que nos impulsa a seguir en la búsqueda para ver si entendiendo, podemos controlar el entorno y algo muy profundo, podemos dominar el mayor miedo que nos asiste: la muerte.

El hombre se ha mirado como YO sujeto y el mundo objeto y todo lo que nos sucede depende del mundo objeto. Aquel que es cruel, agresivo, compulsivo, fashionista, consumidor, gastronómico, familiar, etc., etc., etc. Este mundo, por supuesto, es el culpable de todo el padecer. En esa marea nos movemos: a veces el barco está arriba, a veces se hunde, a veces parece estable, a veces se pierde…

¿Qué pasaría si dejáramos de ver al mundo como el causante de nuestro sufrimiento y empezáramos a responsabilizarnos con nuestras acciones? ¿Qué pasaría si dejáramos de alimentar nuestras imágenes de triunfadores y perdedores y retornáramos a la verdadera fuente de quiénes somos?

En la mente colectiva, cada uno de nosotros tiene un plan de salvación. Ese plan nos vende la idea de que, si alcanzamos algo, podemos estar en paz. Y la realidad es que este plan es una meta muy engañosa, porque nada nos puede dar lo que verdaderamente somos.

Es ahí donde nos dormimos, es ahí, en las memorias inconscientes de salvación donde ponemos nuestra fuerza y, gracias a ellas, nuestra lucha, donde la línea de “trabajo” para alcanzar algo, como bien dice la palabra, nos genera esfuerzo, expectativas y no pertenece a la quietud.

Estamos dormidos porque nos cuesta discernir que nuestras acciones son la representación de conceptos, creencias, memorias en la mente; que funcionamos en automático; que vivimos sobre arquetipos, axiomas, fórmulas repetitivas que para defenderse se han pertrechado en creencias de ataque y defensa arraigadas a la colectividad.

Los maestros espirituales no dualistas, especialmente Jesús, felicidades, nos llamaron la atención sobre nuestro sueño y, sobre todo, nuestro infierno. Aquello a lo que nombraron el inconsciente.

Sin embargo, el ser humano lo que ha querido es tener razón. Negar la verdad de una fuerza gigante que nos regula, nos apoya. Olvidar al verdadero capitán del barco. Creer que podemos dominar algo. Toda esta cortina de humo, tan frágil, nos aisló en la interpretación de la individualidad, en la guerra, en los miedos, las culpas y el sufrimiento crónico.

Sería fácil si sólo dejáramos de darle valor a esa película. Sería fácil, si al ver a otra persona pudiéramos perdonar aquellos juicios del pasado por donde le interpreto; si en el otro viera mis creencias, lo que “creo” que soy y por eso te visto así, si fuéramos muy amorosos con nosotros a cada paso, y permitiéramos que la vida se diera sin ser autoritarios, aún, en cualquier circunstancia como un aula de aprendizaje, un camino donde la paz se extienda.

Sería fácil si dejáramos de hacer escalas de valores de qué es bueno o malo, o quién es mejor o exitoso que el otro; o si desistiéramos de sentirnos perdidos al no alcanzar determinadas cosas materiales, aplausos, recursos, etc., etc., etc.

Toda esa dinámica de separación nos ha vertido en el mundo de la ilusión y, lo ilusorio, es solo eso, polvo cambiante, efímero. Sólo eso. Nada. Y el hombre en su totalidad es UNO con la tierra, con el viento, con el agua, con el fuego, con el espacio, en la Fuente.

Podría ser todo más fácil…