La mente saludable


Vacíate de la preocupación. ¿Por qué te quedas en prisión cuando la puerta es tan amplia? Muévete afuera de la maraña del miedo.

Rumi

Cuando voy hacia adentro, cierro los ojos y pregunto qué es una mente saludable, lo primero que siento es la impresión amorosa de quietud.

Hay tal confusión con el concepto mente que, al pensar en ella, creemos que esta se ubica en el cerebro; y que es el cerebro, de acuerdo a nuestra suerte, quien nos genera un destino, una especie de guion en el cual se despliega una vida, desde el nacimiento hasta la muerte, cubierta de creencias e ideologías que nos colocan en determinados bandos, valores, equipos de la sociedad, en un periodo de tiempo marcado por el pasado que predispone el futuro.

Al ir comprendiendo el contenido de la mente, y observar que ella es el “arquitecto” que mueve todos los hilos en los escenarios que percibimos —en su génesis el caos y el orden la rigen—, experimentamos una especie de pavor.

Hasta ahora deambulábamos con varias convenciones inalterables: la vida es difícil, la muerte me atemoriza, soy un nombre con mi historia, tengo que construirme un futuro, la enfermedad es parte de este mundo, la vejez es terrible, estoy solo y no sé qué hacer para dejar de estarlo, me caso para escapar, mis ancestros se han muerto de una determinada enfermedad, mi mamá decía…, mi papá cree…, el miedo a la muerte, la existencia es oscura, la felicidad se consigue con determinados objetos y sujetos que me complementan y refuerzan mi identidad de vencer o perder, el mundo es peligroso, mi realidad se construye de experiencias que son el resultado de una especie de karma resignado.

Todos estos ejemplos de credos conforman una secuencia perenne de ideaciones que no permiten ver la realidad de nuestro SER. Pues confundimos ser, -poder-hacer-tener-deber-, en cada contingencia que vivimos, que vivirlas con el SER en su total advenimiento. Y la existencia se convierte en un recorrido victimizado de obstáculos perpetuos. No hay manera de librarse de la tristeza ni de la depresión profunda si mantenemos la imagen del mundo condenatorio.

El cerebro es un receptor de la mente, mente que también creó al cerebro dentro de una masa amorfa denominada cuerpo. Es en esta mente donde se construyen todos los conceptos, arquetipos, programas, de cada una de las especies vivientes. La aparente biodiversidad, separada, creada de la pureza infinita energética —que en su inicio, cuando el Big Bang, una parte de la mente pretendió fraccionar la realidad— ocurre en el mismo lugar y se sostiene por la única verdad: la vida sin muerte, la vida sin tiempo, la vida sin sacrificio, silenciosa, quieta, eterna.

Es intenso aceptar esto. Pero la sola observación, profunda, nos percata de que no somos capaces de crear. La creación pertenece a la vida; sin embargo, somos capaces de recibir una información, ser un canal para que, a través de nosotros, ella se exprese.

¿Cómo se ha construido aquello que llamamos realidad? Se ha hecho a través de lo insospechado: programas que el ego, la mente dual, ha diseñado. El ego, para comprenderlo mejor, es una especie de plaga en la mente que introdujo una creencia muy profunda y arraigada en nuestra psiquis: la separación. Y esa creencia, en la medida en que se ha ido desarrollando, en un espacio temporal de pasado y futuro, se ha ido alejando de nuestra única verdad: el amor.

Cada cosa que experimentamos en este mundo la percibimos de manera fraccionada, cada relación que procesamos, la examinamos como si ocurriera fuera de nosotros; y esta relación se convierte enseguida en dos cosas: algo que necesito, algo que me da miedo y culpa.

Este es el sistema de pensamiento de ese virus que nos hace creernos individuos independientes, con voluntad y mundo propios, capaces de crearse por sí solos un futuro afortunado o de protegerse de todo el ambiente que califica tóxico a su alrededor. De ahí devienen todas las metas locas que los humanos proyectamos como planes de salvación. La identidad se refuerza a través de mi carrera de ser especial. Y tiene la misma potestad para el sufrimiento el aparente éxito que el no éxito.

Podría seguir escribiendo sobre esto. La verdadera salud mental se halla como dice la palabra, en la mente, y es allí donde se debe procurar la sanación. Esta se produce a través de la comprensión de que todo el contenido de historias e imágenes en ella no es nuestra verdadera realidad. Cualquier movimiento emocional que sintamos nos conduce al discernimiento que ha elegido el Ego como maestro. Mas cualquier cuestionamiento que haga a mis creencias, juicios e interpretaciones, a mis dolores y placeres, me llevará a la comprensión de que esto que concibo “que soy”, es imposible que lo sea. Una mente llena de juicios no puede ser una mente saludable. Mas una mente aquietada y en paz, una mente silenciosa es, sin dudas, sana.

Sandra Pérez

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